06/07/2018

Creo que fue una catarsis, que fue un proceso que cerró el dolor a la pérdida y me hizo conciliarme con ese tipo de experiencias. Lo pienso ahora pero en ese momento no lo supe, aunque sabía que tenía algo que ver con ello.

Paradójicamente perdí algo que de primeras me daba miedo tener, y cuando lo tuve no duró lo suficiente como para sentir esa seguridad de pertenencia. Lo cierto es que me bastó lo poco que lo tuve en mis manos para perder el miedo y convertirlo en ilusión. En vez de ser un muro que tapaba lo que había al otro lado del camino se convirtió en una puerta de posibilidades.

La vida me dio a entender que hay caminos y planes o proyectos más allá de los que uno puede prever lógicamente. Y la cuestión es que ya llevaba tiempo sabiendo que mi vida tenía que tomar otro rumbo, pues era evidente que ciertas experiencias habían caducado. Ligera impotencia sentía por intentar cambiar ciertas cosas y ver que había un aparente hilo imaginario que me retenía, y digo ligera porque sabía que la vida te lleva por donde te tiene que llevar, pero era inevitable sentirlo. Y me abrió una puerta, y fue esa.

Sé que es un renacer, pero no sé por dónde me va a llevar, como hace tres años, cuando cambió “mi camino” por uno que me ha llevado a donde estoy. He aprendido cosas que ni me hubiera imaginado, tanto prácticas para el día a día como de crecimiento personal. He superado miedos, he mejorado aptitudes escondidas tras el miedo, he pisado fuerte el suelo y he dicho: aquí estoy yo. Me ha ayudado, en definitiva, a fluir y a dejarme llevar, a disfrutar de lo que me da cada experiencia y a no vivir del pasado ni el futuro. Gracias vida. Solo me queda decirte…

Sorpréndeme una vez más.

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11/05/18

Personas del pasado que aparecen para reclamar, personas que tienen una función y no la cumplen, se van repitiendo en mi vida y ahora todas a la vez. Sé que algo hay que solucionar, de raíz, que me reflejan algo. Personas que están pero no están. Y ha llegado un momento en que me he saturado de gente así. O estás en mi vida o no estés. No hay medias tintas. Me da igual lo que seas, quién seas, me da igual. O estás o no estás. Y tengo que marcar esa distancia. Dejar de responsabilizarlos. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo dejar de responsabilizar a gente que no cumple con su función? Familia, jefes, compañeros de trabajo… Lo que hagan me afecta directamente, y si no hacen me encuentro sola ante el frente. ¿Qué sentido tiene? ¿Debo perdonar y entender que con ese frente puedo sola? ¿Dejar de sentir que me han abandonado? Quizás sigo siendo esa niña desvalida, pero ya soy mayor, y soy yo la que debe responsabilizarse, la que decide lo que hace con lo que le sucede, que no necesita a nadie que vele por ella. Es dejar de sentir dolor porque no están, porque no se molestan en estar, porque no les importa, porque no actúan, porque no velan, porque no se comunican, porque no oyen los reclamos…. Es dejar de reclamar, pues ellos no tendrán ya nada que oír. Y podrán seguir sin hacer, pero ya no les exigiré que hagan, podrán ser libres. Antes era: eh, yo valgo; eh, estoy aquí; eh, escúchame; eh, cuídame… Ya basta. Ya basta.

14/04/18

Hace mucho tiempo que no escribo. No es por dejadez, es porque cuando empecé a escribir era porque necesitaba expresar cosas que estaba procesando. Con el tiempo veo que me mantengo durante una temporada y lo asimilo e interiorizo, y luego vuelvo a avanzar otro poco. Y es curioso porque veo que esto va para rato, que van saliendo cosas, y que van a seguir saliendo. Que van a haber momentos duros que la vida me va a poner por delante para seguir el camino dejando lastres atrás, que va a haber personas que se queden atrás, personas que lleguen o relaciones que se hagan más fuertes, sobre todo conmigo misma.

He llegado a perdonarme a mí misma por actitudes que me han hecho mucho daño pero que fueron la clave de mi supervivencia en el pasado. Como toda persona he experimentado circunstancias de la vida muy duras y estoy orgullosa de haber sido fuerte, pero irónicamente aquel que se hace fuerte también sufre mucho y se debilita por dentro, y muchas veces creamos una armadura que nos protege. A partir de ahí, caminamos con esa armadura que nos protege más de lo que vivimos en un pasado (y el miedo a que vuelva a ocurrir) que del presente. Y ese es el daño que nos hacemos, que nos hacemos todos y que es normal. Porque uno no nace sabiendo. Y llega un momento que esa armadura pesa demasiado, o la sueltas o mueres cargando, pero soltarla cuesta porque pesa y está oxidada. Y te vas desprendiendo y te sientes liviano pero a la vez tu piel empieza a sentir las inclemencias del tiempo y te abruma. Y eso es lo que pasó con mis emociones. De repente le di cabida a un aluvión de emociones y pensamientos que sufrí y no pude procesar, que guardé y ahora vivían juntos. Además, antes de soltar la armadura, cuando estás caminando con ella y ya no estás a gusto pero por miedo a lo que hay debajo la sigues llevando, empiezas a caminar mal, sin coherencia, y ahí es cuando tú mismo te das palos a ti mismo, y te resientes, y ese resentimiento está ahí hasta que te perdonas. Te perdonas porque lo has hecho lo mejor que pudiste, porque te lo mereces porque sí, por el ser que eres, porque fuiste valiente de dejarlo atrás aunque arrastraras la situación… Y porque no es cuestionable que estuvieras preparado antes o después. Todo llega a su tiempo… Y todo es perfecto. Dejas de reclamarte los cómos, los cuándos, y empiezas a querer a esa niña dolida que había en ti, y te reconcilias con ella. Parece que la ves desde fuera y sientes un profundo amor, y sientes compasión, no como lástima sino con empatía, y entonces te conectas contigo misma.

Ahora de repente aparece gente del pasado con la que no existía prácticamente contacto reclamando cosas sin sentido. Una de ellas, la que lleva el carro del reproche hacia adelante, me reclama cosas que no se ha perdonado a sí misma, pues no se ha perdonado haber pasado por malas etapas, por haber sufrido, por haberse aislado… Y si no se perdona a ella misma por ello no me perdonará a mí. Yo soy un reflejo… y me reclama cosas que se reclama a sí misma. Crece un resentimiento contra mí cuando no hay hechos en los que se sustente. Pero nada es casualidad… Y ahora que yo me he perdonado por sufrir, por luchar, por no luchar, por cómo lo hice o lo dejé de hacer… Ella surge de la nada a reclamarme eso mismo. Cómo lo hice, cuándo, por qué, con quién, si sí o si no… Basta. Yo me he perdonado, y no voy a dejar por miedos e inseguridades que tu reclamo me haga dudar de mi ser. Yo me acepto, yo me amo. Y te dejo ir… Te seguiré amando por lo que fuiste y por tanto por lo que eres y serás, porque el ser, la esencia, nunca muere… Lo demás es el espacio-tiempo que creamos, los sentimientos, los apegos, las ideas, los hechos puntuales… Y he aprendido que las cosas son, en esencia, y lo demás son añadidos. Y que para ella existe un pasado y un resentimiento, unas ideas y unas limitaciones que la van a acompañar diariamente para hacer de eso su presente infinito, que no suelta el pasado y lo hace su futuro. Para ella existe lo que ella cree que pasó. Ella elige ver eso y eso será. Y ella es esclava de lo que refleja. Pero yo la veo pura, y acepto que esté en su proceso, que vea las cosas desde donde las ve, porque es su camino, su perspectiva, su piel… Y es su realidad. Y la respeto, porque lo que está viviendo es real. Y la compadezco… Con amor, no con lástima… Porque está luchando contra sí misma. Porque recordemos… Las cosas son lo que tú quieres que sean. La realidad la creas tú. Tu realidad.

 

04/02/2018

Hoy por primera vez he visto derramarse el líquido de una taza, y digo por primera vez porque en ese instante lo que normalmente vemos es nada: es un momento borroso, mil gestos en uno, el líquido ya en el suelo. Es un momento de susto.

En este caso, al cerrar una puerta y sin saber cómo ni por qué, el mango de la taza se ha deslizado y he visto cómo mi mano seguía agarrándolo. No lo he dejado caer como supongo que habría hecho en cualquier momento, con 98% de seguridad, sino que he agarrado mejor el mango, esta vez por la parte baja, no por arriba como estaba haciendo. Y en ese microsegundo en el que el trazo de la C de la taza se ha deslizado de una esquina a otra en mi mano, he reaccionado. He girado la taza hacia arriba justo antes o después de ver cómo el líquido, casi suspendido en el aire, caía al suelo y creaba un charco mientras yo estaba en una posición en X suspendida para no mancharme. Me he quedado mirando el charco, me he fijado bien en lo que quedaba en la taza, y en vez de preocuparme o hacer un mundo, me he limpiado los zapatos, he ido a por la fregona, he puesto algo más de agua a la infusión caliente que quedaba, y me la he bebido mientras pensaba sorprendida en cuán intenso ha sido el momento, y no por el típico susto sino por haber sido consciente de cada movimiento. Creo que estaba aquí, ahora.

No me he inmutado. Y creo que este pequeño hecho me esta reafirmando la tranquilidad y seguridad con la que estoy viviendo el día a día, confiando, viendo qué pasa, creando una rutina y decisiones que quiero sin compromisos absurdos, sabiendo que estoy en medio de un cambio que ni siento como tal, porque no estoy esperando nada, ESTOY VIVIENDO.

29/01/2018

Ayer vi a un hombre sin hogar abrir un paquete de galletas y dárselo a las palomas. En realidad pocas palabras tengo, eso sí, lejos de lo que sería “una enseñanza” que es muy bonita y nadie luego aplica. Pero me hizo pensar en el amor y el sentimiento de que todos los seres son iguales y merecen el mismo trato. Y de que ese hombre estaba más conectado que muchos de nosotros. Fin.

22/01/2018

Parece mentira cómo una emoción, a largo plazo, te intoxica por dentro. Un día da malestar, dos molesta, tres da ansiedad… Pero a largo plazo, oculta, persiguiéndote para que dejes de huir y le plantes cara, intoxica. De repente te sientes mal, no sabes qué es, pero todo tu cuerpo reclama algo que no entiendes. Que si náuseas, que si dolor de cabeza, ansiedad, ansiedad, ansiedad, cansancio, ojos pesados, mal dormir… Pero cuando tomas consciencia, cuando llegas a un punto de tu vida en el que comprendes lo que te hace daño y que no puedes seguir, ese malestar es tan consciente que no puedes aguantarlo. No puedes porque no tienes por qué, porque estás agotada de encontrártelo cada día, porque indica que algo anda mal y ya no estás dispuesto a dejar que eso siga haciéndote daño. QUE TÚ SIGAS HACIÉNDOTE DAÑO. Y aunque cueste, peques y te vuelvas a intoxicar, aprendes, lentamente, a soltar. Pero para soltar primero pasas por un umbral de dolor, dolor emocional, que casi te vuelve loco, y ese dolor te lleva, a veces a costa de la salud o años de sufrimiento, al primer paso. El primer y maravilloso paso de QUERER SOLTAR. Porque no es tan fácil. No sueltas sin más… Pero es un paso que te empodera, que ya está conectado con esa autoconsciencia, y que poco a poco quedará, nada más, en el aprendizaje de SOLTAR.

Y ahora quiero soltar. Y voy a soltar.

15/12/2017

A veces hay ciertos acontecimientos recurrentes en la vida de uno, y cierto es que solemos negarnos a ellos. Dicen que hasta que no lo aceptamos, no lo procesamos, es algo que vuelve a suceder. Y así, vamos reviviendo algo que no nos gusta, que rechazamos y nos hace vociferar lo desgraciados que somos. Y vuelve a ocurrir, y nos volvemos a revolcar en ese dolor.

Cierto es, también (creo), que una vez entiendes lo que ocurre, por qué, cómo reaccionas así y el motivo, algo hace clic en tu interior, y de repente estás en paz con ello, no juzgas. Coges el aprendizaje y lo interiorizas. Todo de manera natural. Y la vida está llena de ellos. Es un no parar. Agotador pero a la vez reconfortante.

Muchas cosas están escondidas en nosotros, cosas del pasado, sobre todo del pasado. Incluso cosas de la infancia que no pudimos procesar como niños y nos sigue afectando de adultos. A veces somos conscientes y nos da rabia no poder cerrar esa herida. Pero en vez de vernos víctimas, debemos entender que tenemos la opción de aprender o de seguir siéndolas. Y el ser humano tiene tendencia a proyectarlo todo de la manera más negativa posible.

Entre otras cosas, debemos recordar la importancia de educar a los niños emocionalmente. Parece que estamos lejos de un sistema educativo que incluya algo tan obvio, pero paso a paso debemos intentarlo, y el primer paso es tomar consciencia nosotros mismos. Porque hay cosas que de niño no se pueden evitar, y no estamos preparados para procesar, pero una buena educación emocional ayudaría a los niños a entender sus emociones, a prepararlos sobre todos para entenderlas el día de mañana, a cerrar heridas cuando ya estén preparados y, por qué no, a enfrentar esas emociones, porque tenemos la costumbre de huir de ellas. Y eso sí que hace daño.